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BIBLIOTECA PÚBLICA DE BOSTON
Cálido y
preciso, este edificio que los argentinos Rodolfo Machado y Jorge Silvetti
diseñaron con rigor preciosista, despliega con acierto y expresividad una
puesta al día de tradiciones americanas que arrancan allá por el 1860 con el
stick y el shingle style. Con lenguaje contemporáneo propio, Machado y
Silvetti celebran aquí la honestidad de las formas y la pureza de la línea.

El contexto del edificio (Allston era un barrio marginal, sin lenguaje
arquitectónico definido, que cambia con la llegada del nuevo campus de
Harvard) reforzó la informalidad de la obra. El comitente pidió tres cosas
para el edificio: una entrada separada para los usos comunitarios (en los
suburbios estadounidenses, las bibliotecas cubren esa función) un patio
central, y una sola planta para maximizar el control visual en el interior.

Para responder a todos esos requisitos, los 1.858 metros cuadrados del
programa se dividieron en tres bandas paralelas (alineadas con la calle
principal), dos zonas sólidas y un vacío central que corresponden a las
funciones del programa. Así, la zona del frente alberga todo lo relacionado
a la búsqueda de información, incluidos los libros. Y la zona trasera
contiene los espacios de reunión, que se usan para actividades comunitarias
fuera de los horarios de biblioteca. El área central es muy transparente,
con jardines intercalados entre los pabellones vidriados de lectura.

Al crear una serie de patios en lugar de un único espacio abierto, cada sala
de lectura puede tener a ambos lados un jardín. Esta disposición permitió
preservar un viejo espécimen de haya en uno de los patios. El siguiente se
caracteriza por tener arbustos florales. Y, el tercer jardín, por abrirse a
la calle lateral haciendo de antepatio al acceso comunitario.

En la fachada principal, la sala de lectura de periódicos se resolvió como
una pieza de doble altura "para establecer una escala que se corresponda con
la importancia de la institución", explican desde el estudio.
La configuración también resulta apropiada para el barrio, ya que continua
los ritmos de los techos a dos aguas de las casas adyacentes, aquí
reinterpretados a través de la forma mariposa (¿un libro abierto?).
Si bien la mayoría del edificio se aleja del borde de la calle con
tratamiento volumétrico y sutileza de materiales, la sala de lectura del
frente funciona como interfase pública, formalmente dirigida a la calle por
su proyección hacia el frente y por la densidad de su mix de materiales.
Estos recursos perceptivos permiten que la importancia de la biblioteca
pueda ser representada por un volumen relativamente pequeño.

Se podría decir de este edificio que es muy honesto, en tanto toda su
organización interna se revela apenas pasado el acceso. Y, si el corazón de
esta obra son sus patios internos, su fuerte carácter está dado por los
materiales: una paleta mineral que combina piedras de pizarra azulada
(cortada como las tradicionales tejas de techo en un sector, y en aparejo
rústico en otro) con una original pizarra noruega de tonos rojizos y ocres,
que se oxida por su alto contenido ferroso provocando brillos tornasolados.
Estos se eligieron por su fácil mantenimiento, y también por la agradable
pátina que les imprime el tiempo.
En el brazo recedido de la fachada, que se extiende sobre la calle North
Harvard, el mismo sistema de muro de piedra pizarra del volumen principal se
combinó con madera. Y es importante destacar cómo allí se creó un "modesto
pero fundamental espacio público verde" —así lo define Silvetti—, con pasto
y árboles.
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Fuente:
www.clarin.com
Imágenes:
Revista Summa 67
Edición de
imágenes: Luisa Milet
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