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ENERGÍA SOLAR
El Sol, fuente de vida y origen de las
demás formas de energía que el hombre ha utilizado desde los albores
de la historia, puede satisfacer todas nuestras necesidades,
si aprendemos cómo aprovechar de forma racional la luz que
continuamente derrama sobre el planeta. Ha brillado en el cielo
desde hace unos cinco mil millones de años, y se calcula que todavía
no ha llegado ni a la mitad de su existencia.
Esta energía puede aprovecharse
directamente, o bien ser convertida en otras formas útiles como, por
ejemplo, en electricidad.

Sería poco racional no intentar
aprovechar, por todos los medios técnicamente posibles, esta fuente
energética gratuita, limpia e inagotable, que puede liberarnos
definitivamente de la dependencia del petróleo o de otras
alternativas poco seguras, contaminantes o, simplemente, agotables.
Es preciso, no obstante, señalar que
existen algunos problemas que debemos afrontar y superar. Aparte de
las dificultades que una política energética solar
avanzada conllevaría por sí misma, hay que tener en cuenta que esta
energía está sometida a continuas fluctuaciones y a
variaciones más o menos bruscas. Así, por ejemplo, la radiación
solar es menor en invierno, precisamente cuando más la solemos
necesitar.
Lo que se obtiene de la energía solar es calor y electricidad. El
calor se logra mediante los captadores o colectores térmicos, y la
electricidad, a través de los llamados módulos fotovoltaicos. Ambos
procesos nada tienen que ver entre sí, ni en cuanto a su tecnología
ni en su aplicación.

Hablemos primero de los sistemas de
aprovechamiento térmico. El calor recogido en los colectores puede
destinarse a satisfacer numerosas necesidades. Por ejemplo, se
puede obtener agua caliente para consumo doméstico o industrial,
o bien para dar calefacción a nuestros hogares, hoteles, colegios,
fábricas, etc. Incluso podemos climatizar las piscinas y permitir el
baño durante gran parte del año.
También, y aunque pueda parecer
extraño, otra de las más prometedoras aplicaciones del calor
solar será la refrigeración durante las épocas cálidas
.precisamente cuando más soleamiento hay. En efecto, para obtener
frío hace falta disponer de una «fuente cálida», la cual puede
perfectamente tener su origen en unos colectores solares instalados
en el tejado o azotea. En los países árabes ya funcionan a pleno
rendimiento acondicionadores de aire que utilizan eficazmente la
energía solar.
Las aplicaciones agrícolas son muy amplias. Con invernaderos
solares pueden obtenerse mayores y más tempranas cosechas; los
secaderos agrícolas consumen mucha menos energía si se combinan con
un sistema solar, y, por citar otro ejemplo, pueden funcionar
plantas de purificación o desalinización de aguas sin consumir
ningún tipo de combustible.
Las «células solares», dispuestas en
paneles solares, ya producían electricidad en los primeros satélites
espaciales. Actualmente se perfilan como la solución definitiva al
problema de la electrificación rural, con clara ventaja sobre otras
alternativas, pues, al carecer los paneles de partes móviles,
resultan totalmente inalterables al paso del tiempo, no contaminan
ni producen ningún ruido en absoluto, no consumen combustible y no
necesitan mantenimiento. Además, y aunque con menos rendimiento,
funcionan también en días nublados, puesto que captan la luz que se
filtra a través de las nubes.
La electricidad que así se obtiene
puede usarse de manera directa (por ejemplo para sacar agua de
un pozo o para regar, mediante un motor eléctrico), o bien ser
almacenada en acumuladores para usarse en las horas nocturnas.
También es posible inyectar la electricidad generada en la red
general, obteniendo un importante beneficio.

Si se consigue que el precio de las
células solares siga disminuyendo, iniciándose su fabricación a gran
escala, es muy probable que, para la tercera década del siglo, una
buena parte de la electricidad consumida en los países ricos en sol
tenga su origen en la conversión fotovoltaica.
La energía solar puede ser
perfectamente complementada con otras energías convencionales,
para evitar la necesidad de grandes y costosos sistemas de
acumulación. Así, una casa bien aislada puede disponer de agua
caliente y calefacción solares, con el apoyo de un sistema
convencional a gas o eléctrico que únicamente funcionaría en los
periodos sin sol. El coste de la «factura de la luz» sería sólo una
fracción del que alcanzaría sin la existencia de la instalación
solar.
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Fuente:
www.censolar.es
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